Capplannetta y la capacidad de estar solo

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Tener la capacidad de estar solo e intentar, de una vez por todas, no joder al prójimo. Escuchas las noches de verano y oyes el lugar de algarabía de las plazas públicas y las alamedas, escuchar el ruido de motores de coche, escuchar, por ejemplo, ese mundo del cual tú un día formaste parte, y ahora, alejado y disperso, como un amor que no quiere a ti entregarse, como una imagen que se disuelve en la memoria, no quiere ser parte de lo normalizado. La capacidad de estar solo es la de vacunarse, curarse, protegerse de las sombras y los ocultos bosques negros allá en la opacidad de la noche más sutil, más silenciosa, las gentes se van a sus quehaceres y a sus sueños remotos, aunque quedas tú por rendirte a los brazos de Morfeo, y cuando ya la noche está en calma, vienen a tu descuido a visitarte los fantasmas del ayer, y la noche se torna convulsa, fragmentada de ecos y aullidos de medianoche. A veces es mejor encontrarse solo, ya que en tus obligaciones no hay ninguna obligación que de ti dependa, no hay espejismos de estar acompañado por personas a las que le eres indiferente. Personas ocasionales que, a ratos, mientras van consiguiendo lo que van buscando, son extrovertidas y amables, cuando ya han logrado su propósito se vuelven indiferentes. Así es en muchas circunstancias que me llevan a pensar: sé egoísta, piensa en ti; como un perro herido busco la tranquilidad y el sosiego, no hay ya lugar para la clemencia hacia tu persona por parte de tus semejantes. Así es el metrónomo que nos marca el tempo en nuestras horas de soledad. La locura no debe de guarecerse demasiado en los entresijos de tu alma, mejor apartarla, como una mosca negruzca y asquerosa. Solamente nos queda escuchar el tic tac del metrónomo. Solamente eso. 

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