Capplannetta y la vanidad

Posted on 15:20



Yo antes decía, así, como el que pretende disculparse ante el pecado de escribir poesía, y hacerlo bien o mal, no seré yo quien juzgue lo que escribo, aunque mi criterio tenga, cosa que en aquella época que decía barbaridades no escribía buena poesía, o no muy bien, lo que se dice bien, no lo hacía. Pero la excusa vomitiva que ofrecía era que escribía para tener un poco de gloria. Ahora me avergüenzo. Lo decía por ignorancia, ya que con el paso del tiempo he comprobado que esa excusa era una mera tontería que atestiguaba mi ignorancia, porque ¿de qué sirve la gloria? ¿Una vez muerto es preferible que hablen bien de ti? Pero el hecho de que hablen esos distinguidos amantes de las letras después de muerto, no sirve para nada. Ya que lo que hablen poco importa, porque no oirás nada ni sentirás los aplausos ni los homenajes póstumos. Escribir poesía es algo sagrado, pero la realidad es que es cosa de pobres diablos. Ya que luchan mientras van avanzando y bregando entre la vida de personas que no son ilustres, y han tenido una vida interesante, quizá mejor que la tuya propia. ¿Para qué sirve la gloria ante la multitud de mortales si no llegarán los ecos al cielo, o al más allá, o a la nada más absoluta? Se repartirán tu nombre célebre unos cuantos que también pretenden fama, dinero, y gloria y para nada servirá sin antes no haber hecho las cosas como el gran señor quiere que hagas las cosas. El éxito no sabe, no huele, no se toca y no tiene sentimientos. La vanidad devora la integridad como persona buena tras el baremo de hechos que hayas hecho en vida para estar en sintonía con el mundo. ¿Qué sentido tiene ser un Cervantes, un Lorca, un Shakespeare si no has sido honesto con los que te quieren o no has sido buena persona mientras estuviste vivo? La vida no es gloria. Las tumbas no retumban. No habrá opiniones, ni tesis, ni teorías que te traigan de nuevo al mundo. El Eclesiastés nos dice de que todo es vanidad y de que no hay nada nuevo bajo el sol, y es cierto. De nada sirven las apariciones en los libros de historia, es caer en un agravio de vanidad putrefacta pues siempre, o casi siempre, se suele hablar bien de todos los muertos, a menos que hayas sido un tirano en vida, y para eso el gran señor sólo puede juzgarte. Y todos alguna vez pecamos. 

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